No son “ángeles”, son neurodiversos.

(Aparecido por primera vez en: http://www.puntodeencuentro.pe/columnistas/ernesto-reaño/no-son-“ángeles”,-son-neurodiversos.html)

La noticia de la paternidad trae a nuestra mente, de modo natural, ideas que tienen que ver con el ser que vendrá, con una suerte de “hijo ideal”. Ese niño comienza a ser la proyección de nuestros gustos, del triunfo frente nuestras frustraciones, quien realizará lo que no logramos o quien afianzará para a posteridad nuestros logros. Escuchará música similar a uno, viajaremos con él, habrá pasatiempos similares. Pero ese niño no existe, más allá de nuestros deseos. Esa persona podrá elegir una música distinta, detestar los viajes y elegir distracciones distintas. Porque es otro. Y está allí si queremos, verdaderamente, conocerlo.

¿Qué pasa con los padres de los niños neurodiversos? ¿Aquellos que nacen “lejos del árbol”, tomando el título de la magnífica obra de Solomon? Si, como vemos, en la neurotipicidad uno espera un semejante (irrealizable, por cierto), podemos ser claros al decir: nadie espera un niño neurodiverso.
Muchas veces, en mi trabajo, he notado, luego de dar algún diagnóstico de Autismo/Asperger o escuchar la historia de muchos padres, el apelar a un designio, llamémosle, “divino”: “son ángeles que dios nos ha enviado”, “dios espera de mí por eso me manda esta prueba”, etc.

Respetando, absolutamente, los diversos credos, entiendo que ante la noticia de un hijo diferente, frente a quien se sienta no ser lo suficientemente fuerte, uno deba refugiarse en determinadas estructuras, como la fe, por ejemplo. No creo, sin embargo, que se trate de una predestinación ni de una prueba enviada: se trata de niños, simplemente. Niños diferentes. Pero nuestras creencias sociales busca repeticiones, idénticos, “normales”. Aun así el niño neurotípico puede ser radicalmente a quien sus padres esperaban, y viceversa.
Se puede tener la tentación de arrobarlos angélicamente antes que escapar, que huir de la responsabilidad… o de matar, incluso.

En la obra citada, “Lejos del árbol”, Solomon nos muestra cómo el filicidio es mayor en el mundo de la neurodiversidad. Muchos padres matan a sus hijos autistas escudándose en evitarles sufrimientos, en no soportar la idea de dejarlos solos en un mundo decididamente cruel, en actuar de manera “altruista”. De hecho, dicho “altruismo”suele ser un atenuante cuando los juzgados procesan a los filicidas.

Es preferible, evidentemente, pensar que es un ángel y mantenerlo con vida que verlo como un ser cuya vida es inferior, en calidad, a otra y desaparecerlo. Pero mejor sería ver esa vida en su compleja y completa dimensión. Nadie desea, en principio, tener un hijo neurodiverso. Nadie desea matar un hijo. Quien lo haga habrá atravesado un proceso largo y doloroso que, probablemente, compartan, en menor escala, otros padres: estrés, depresión, pérdida de empleo, separación, presupuestos elevados en terapias, frustración. Pero, principalmente, un duelo no hecho, aquel por el niño que esperábamos y que no llegó.

Un niño neurodiverso no es un ángel enviado. Acaso sea más certera la metáfora que hacen muchas personas autistas: ser extraterrestre. Un extraño en medio de este planeta, un extranjero que no entiende nuestras convenciones sociales. Un ser desvalido en un único sentido: el no permitirle su diferencia. Claro que la sociedad debe comprender y promoverla. Pero son los padres los llamados a procesarla, entenderla y aceptarla si así lo quieren. Los ángeles caen, la normalidad no garantiza la calidad de existencia. Y la vida, en su diferencia, ha sabido sobrevivir pese a todo. A nosotros y con nosotros.

Ernesto Reaño