No existe una “epidemia” del autismo, sí la neurodiversidad (II)

La semana pasada criticábamos los estudios de prevalencia de los centros de control y prevención de Estados Unidos que otorgan, para el autismo, una cifra de 1 en 68 a marzo de 2014. Para cuestionar este cifra tomamos un estudio reciente de Christopher Gillberg hecho durante 10 años en Suecia, con más de un millón de personas, donde se demuestra que, en ese tiempo, la prevalencia sobre el autismo no ha aumentado muestra una cifra de 1/200.

Me sorprendió la cantidad de comentarios de padres que criticaban esta estadística para defender, a toda costa, la de Estados Unidos. Si se cree en una “epidemia” del autismo se puede esperar, entonces, “cura”. No es raro ver que estos padres siguen los argumentos de conocidos charlatanes, los “falsos profetas del autismo” como les llamó el Dr. Paul Offit: los de la dieta libre de gluten y caseína, los de la conspiración de las vacunas, los de la quelación para liberar los metales pesados (sic) causantes del autismo, etc.

Repetiremos lo señalado en columnas anteriores: el autismo no es una enfermedad, es una condición. “Condición” proviene del latín “condicio”: ‘estipulación o circunstancia esencial para que algo suceda’, ‘estado, calidad, manera de ser (de algo o de alguien)’, tal como nos ilustra el diccionario etimológico de Corominas y Pascual.
Es, entonces, una condición del neurodesarrollo. Por un lado, el cerebro de la persona autista está “cableado” de una manera diferente. Por otro, el origen del autismo es genético y se encuentra distribuido en toda la población humana. Además, los genes del autismo, aquellos que tienen que ver con su gran capacidad de hiperfocalización y pensamiento sistematico, están asociados con los genes que presiden, en el humano, la creatividad y el talento.

“Curar” el autismo, entonces, es imposible. Lo que se podría, siguiendo la línea de los “falsos profetas del autismo” es “erradicar” el autismo de la especie. Para ello habría que:

Escenario 1: lograr mediante neurocirugía re-cablear todo el cerebro de la persona autista para que sea semejante a un cerebro neurotípico.
Escenario 2: impedir que las personas autistas se reproduzcan, para lo cual tendrían que usarse métodos de castración química. Esto, sin embargo, no asegura la desaparición del autismo en la especie puesto que, como hemos señalado, estos genes están distribuidos también en la población neurotípica.
Escenario 3: terminar de mapear todos los genes del autismo. Como es imposible cambiar la genética en curso de un ser en evolución, habría que erradicar los genes del autismo de todas las personas que tengan algún historial de autismo. Para ello habría que hallar la forma de manipular genéticamente a todos los seres humanos eliminando la posibilidad de la aparición de autistas futuros. Eliminaríamos, de paso, los genes que tienen que ver con el talento y con la creatividad.

Los tres escenarios expuestos serían dignos del Dr. Mengele, jefe de la políticas de eugenesia nazi en el campo de Auschwitz: la supuesta perfección en la eliminación de la diferencia.
Quienes hablan de “curar” el autismo no hablan en realidad de “erradicar”, “exterminar” a las personas autistas. Genocidio en pro de los motivos más altruistas como querrán explicarnos: acabar, dicen, con el sufrimiento de esos extraños seres tan poco aptos para sobrevivir en este mundo de neurotipicidad, normalización y semejanza. Eugenesia, al fin: digámoslo claro.

Nos dedicaremos las semanas que vienen, desde esta columna, a desmontar la mayor parte de mitos sobre el autismo. Aquellos que viven de crear enfermedades y epidemias porque su concepto de lo que es un “semejante” es, en sí, perverso. Porque “curar”, en este caso, es desaparecer la humanidad que no se entiende.

Yo no quiero erradicar el autismo ni exterminar a los autistas, tampoco quiero mirarlos con compasión sino con respeto. ¿Y usted?

Ernesto Reaño

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