Newtown, Connecticut: cuando el prejuicio y la ignorancia se convierten en diagnóstico.

Han pasado ya unos días de los luctuosos sucesos de Connecticut y de su protagonista, Adam Lanza.

Días en que los medios y las suposiciones han especulado sobre la condición del joven: que era autista, que tenía Síndrome de Asperger. La propia madre declara que nunca estuvo seguro el diagnóstico de su hijo.

Tener un diagnóstico de Síndrome de Asperger significa que un profesional competente en el tema ha extendido éste en función a:

1. La constatación clínica de que el individuo posee un cerebro/mente mucho más preparado para sistematizar que para empatizar. El Síndrome de Asperger (variante leve del Autismo) es una condición del neurodesarrollo en la cual el cerebro evoluciona de manera diferente a la típica, mostrando una forma de procesar la información que privilegia la hiperfocalización en el descubrimiento de reglas, patrones, detalles, en el entorno. A la par, presenta un menor grado de capacidad para empatizar. Así, se configura:

2. La llamada “Tríada de Wing”: las personas con Asperger tienen un cociente intelectual de normal a superior y presentan un tipo de comunicación social distinta (más literal, tienen dificultades para ir más allá de la información dada), no les son evidentes nuestras habilidades sociales básicas para entablar una interacción, tienen intereses fijos y restringidos.

Además, presentan dificultades en lo que el mundo neurotípico denomina Teoría de la Mente: en base a nuestro saber acerca del mundo y de las creencias podemos explicar por qué los sujetos actúan como lo hacen y predecir qué harán. En este punto, las personas con Asperger tienen dificultades para comprender las intenciones de los demás.

Presuponer la introversión del muchacho o la “rareza” de sus conductas para dictaminar Síndrome de Asperger o su posibilidad supone más un prejuicio que un diagnóstico.

Lamentablemente hemos visto desfilar rumores, suposiciones de “profesionales” de la salud mental y el eco en los medios. Así, años de trabajo en la concientización y sensibilización a favor de los aspectos positivos del Autismo son traídos abajo por profesionales cada vez menos preparados y ávidos del cotilleo mediático.

Recuerdo que en algún momento se quiso decir que, dada la baja empatía que se encuentra en el Asperger, el asesino de Noruega, Anders Behring Breivik, podía haberlo tenido. Simon Baron-Cohen se encargó de desmentir de modo científico y académico este hecho:

http://docs.autismresearchcentre.com/papers/2011_SBC_Morgenbladet_article_breivik.pdf

Tener una baja empatía (empatía grado cero) no es sinónimo de crueldad. En el caso del Asperger, la baja empatía sirve a los fines de una mente que necesita alejarse de las relaciones sociales para sistematizar la mayor cantidad de información. Porque su cerebro así lo exige.

Baron-Cohen estudió a 4 grupos de condiciones donde se puede considerar una empatía “grado cero”: los psicópatas, el transtorno narcisista de la personalidad, el transtorno limítrofe de la personalidad y el Autismo. La conclusión es que en el único caso en el que tener una empatía baja tenga una ventaja para la sociedad es en este último. Dos motivos esenciales: la baja empatía está al servicio de la necesidad de mantenerse en los intereses restringidos lo cual puede llevar a la condición de experto en un tema de beneficio cultural; segundo, al no comprender bien la conducta de los demás y no saber engañar, las personas con Asperger no utilizan su baja empatía para aprovecharse de los demás. Al contrario, la rigidez de su pensamiento los lleva a ser muy pegados a las normas.

Esperamos que la ola de ignorancia arrojada no genere más mitos ni prejuicios sobre una comunidad que busca, con mayor firmeza, ser reconocida como un grupo de personas que procesan de manera diferente, una minoría cultural, un modo de ser neurodivergente.

Ernesto Reaño 

 

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