El Autismo y el camino hacia la Neurodiverisidad

“No quiero ser curado de mí mismo”, escribía en 1992 Jim Sinclair, activista autista. Por esos años, en la década de los noventa del siglo pasado, otra activista, Judy Singer, junto con el periodista Harvey Blume, acuñaban un término que marcaría el derrumbe del paradigma de la normalidad, de “lo normal” como concepto y aspiración: Neurodiversidad.

Si bien encontramos antecedentes en los años cincuenta con el desarrollo del programa TEACCH en la Universidad de Carolina del Norte y más atrás, en los años veinte, en la escuela rusa representada por L. S. Vigotsky, jamás antes el poder de una palabra, del concepto, del significado que convoca, pudo servir de manera tan nítida para el pensamiento y para la acción. Para la reflexión académica y el activismo. Para devolver la voz a los autistas, ajenos a toda consideración propia sobre su existencia y devenir.

Neurodiversidad. Clave para la comprensión de lo humano. Por un instante, admitamos que los cerebros catalogados bajo lo que se conoce como “patología”, “trastorno”, “anomalía”, no fuesen un error del desarrollo sino un acierto de la adaptación natural para circunstancias específicas. Tomemos al autismo como ejemplo: cerebros-mente muy capacitados para tareas que impliquen sistematizar información (gran capacidad de memoria, híper-focalización en tareas que les interesan y expertos en ellas) y dificultades en tareas que impliquen la empatía (no como baja capacidad en el sentir sino en la dificultad de reconocer gestos y señales sociales asociadas a la emoción y a la habilidad para interactuar). Desde una mirada evolutiva, tales cerebros, capaces de centrarse en una tarea única, especializarse, sistematizar y desprenderse de lo cotidiano, debieron ser necesarios para tareas que van del perfeccionamiento de las herramientas (puntas de lanza, por ejemplo) hasta la selección de frutos y plantas cuando el humano se volvió sedentario. Condiciones necesarias en la actualidad para campos como la investigación científica e informática: la mayor cantidad de nacimientos de autistas se da en Silicon Valley, sede de las grandes empresas que mueven la tecnología del planeta. La razón: son muchos los ingenieros y operarios autistas y Asperger, vitales en las tareas de focalizarse de manera muy precisa, detallada y que requieran del aislamiento del entorno social o, al menos, una necesidad mínima.

Siendo claros, ninguna persona “normal” ha creado o descubierto algo relevante o de provecho para el acervo humano.

Siguiendo lo anterior podemos admitir que existen cerebros “cableados” de manera diferente, que procesan la “realidad” de modo distinto: ni mejor ni peor, adaptaba a necesidades humanas que bien podrían ser aprovechadas como talentos si los prejuicios de la “normalidad” no pendiesen sobre sus cabezas.

Por ello, en el futro, tal como afirma Silberman, no hablaremos de “diagnósticos” sino de “sistemas operativos humanos”. Uno puede usar una computadora que use iOS, Windows, Linux, etc. Y en principio eso no presenta dificultades, cada sistema tiene sus ventajas. El problema es cuando queremos que Windows funcione como un iOS. Nadie quiere un sistema unificado. Y así con los humanos. El futuro será neurodiverso o no será.

Ernesto Reaño

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