De la “maldad”, la empatía y el corazón en la Neurodiversidad.

(Aparecido por primera vez en: http://www.puntodeencuentro.pe/columnistas/ernesto-reaño/de-la-“maldad”,-la-empat%C3%ADa-y-el-corazón-en-la-neurodiversidad.html)

Simon Baron-Cohen, en su libro, The science of evil, señala que la “maldad” tal como la reconocemos popularmente, no existe. Lo correcto, para poder estudiar este fenómeno, sería hablar de “empatía”, de modo preciso, sobre la “erosión de la empatía”. Cuando esta se desconecta, el otro se vuelve un objeto. Lo humano se vuelve una cosa sobre la que podemos actuar con “maldad”, “crueldad”.

Puede darse, también, que el monto de empatía sea bajo. Son cuatro grupos donde encontramos ello asociado a la propia condición: 1) los narcisistas; 2) los borderline; 3) los psicópatas; y, 4) el autismo. La única condición donde una baja empatía supone una ventaja en términos de desarrollo cultural y humano es esta última.

Precisemos. La empatía tiene dos componentes: el cognitivo y el afectivo. El componente cognitivo tiene que ver con la “lectura” de los gestos asociados a una emoción dada; el afectivo con el “sentir con” el otro una vez decodificada la emoción. Dentro del proceso, basta con reconocer la emoción del otro y el sentimiento asociado a él. Actuar excede al concepto de empatía. Por ejemplo, en la calle veo a una persona que carga una maleta, puedo “leer” el esfuerzo en su rostro y comprender que debe ser pesada: hasta aquí llega la empatía; el ayudarlo, el tomar una acción, dependerá del contexto (si estoy apurado, si quiero, si ya está llegando a su destino, etc.).

En el Autismo/Asperger, el procesamiento de la empatía es diferente en el polo cognitivo: la lectura de los gestos asociados a la emoción. En el lado afectivo no hay restricciones. Como solemos confundir “empatía”, de modo unilateral, con el segundo componente, el afectivo, tiende a decirse que las personas con Autismo no son empáticas.
Y claro que lo son: cuando aprenden que determinadas emociones, conocidas conceptualmente, están asociadas con determinados tipos de gestos.

Si no “leo” la preocupación en el rostro del otro será imposible que resuene en mí que está preocupado, pero no por una dificultad en los canales afectivos.

El reverso exacto es el psicópata: puede “leer” perfectamente los gestos asociados a la emoción pero no resuena en ellos afecto alguno, así, pueden manipular y tratar como objetos a los demás. Al contrario, en el Autismo/Asperger, el no leer los gestos está puesto al servicio de su gran capacidad de sistematización y de su fijación en temas específicos. Mas bien, por esto, mienten muy mal y tienden a ser muy apegados a las normas. Una condición del experto, o de quien tiene un cerebro diseñado para serlo en determinados temas, es la concentración sin distracciones sociales.

La “empatía grado cero”, usando la expresión de Baron-Cohen, tiene, entonces, dos variantes: la de los que tienen una baja empatía cognitiva o afectiva y de quienes pueden desconectar su empatía en algunos contextos.
Como la Infanta de España, del cuento de Oscar Wilde. Empática con sus pares, sin conexión afectiva con el enano que usan para divertirse. El enano piensa que las risas son una celebración para sí y que la Infanta lo ama. Al darse cuenta de su fealdad, frente a un espejo, muere. La Infanta pide que siga bailando para ella y sus amigos sin percatarse del hecho. El chambelán le informa que su corazón “se ha quebrado”, entonces: “(…) la Infanta frunció el ceño, y sus delicados labios, como pétalos de rosa, se torcieron con lindo desdén. – De aquí en adelante, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón – exclamó; y corrió hacia el jardín.”

Esta desconexión empática forma parte también de la neurotipicidad. Muchos ven (o quisieran) a los autistas desprovistos de corazón, sin capacidad de empatía, para anular la suya propia y seguir tratándolos como objetos, de malas praxis y lucro.
Algún día, la neurotipicidad se reconocerá en la neurodiversidad y gane, acaso, la empatía reclamada a quienes son distintos.

Ernesto Reaño

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