Algunos apuntes sobre la vida en pareja autista

Este último domingo, Ernesto Reaño ha presentado el vídeo Autismo y vida en pareja, con el cual busca que el público tenga en claro algunos asuntos que corresponden al ejercicio de la sexualidad y del amor en personas autistas.

Se puede apreciar que el material menciona muchos problemas en cuanto a cómo vemos la sexualidad y el querer tener una pareja o familia. Primero, el hecho de que una persona autista es alguien libre de cualquier deseo sexual, vuelto así por su condición (este mito ya ha sido discutido en profundidad). Junto con esto, la idea de la “niñez eterna”, el seguir pensando que los individuos autistas ven interrumpido su desarrollo, en vez de cambiado, y el usual tabú contra hablar abiertamente sobre sexualidad llevan a una gran laguna en los conocimientos de tal aspecto adulto en nuestra realidad. Como indica Reaño, sobrepasar tales límites se vuelve imprescindible.

Silvina Peirano da algunos alcances sobre la raíz de tal problema. Al verse “privadas” de habilidades sociales dadas por sentado en la mayoría de la población, se ve a tales personas autistas como dependientes básicamente de su aspecto espiritual (esto se profundiza cuando es una persona no hablante o una persona con dificultades cognoscitivas) para sobrevivir. Y a tal percepción, se sigue la idea de que el sexo y la reproducción, elementos considerados “impuros” dentro de buena parte de la cultura occidental, están fuera de aquella vida más “limitada” (otros individuos con discapacidades o neurodivergentes son vistos como híper sexuales descontrolados, siguiendo con la lógica de la sexualidad como un elemento fuera de su comprensión y control).

Otro prejuicio relacionado con los anteriores, expuesto por Peirano, consiste en la ausencia de privacidad. Al verse el autismo como una “niñez eterna”, tales individuos necesitan una supervisión permanente, una supervisión que requiere que no tengan tiempo para sí. Eso, o cualquier forma de intimidad es un peligro inminente, no solo para sí mismos, sino para las personas que los rodean. Tampoco olvidemos el prejuicio de que una persona neurodivergente o con discapacidades tienen otras prioridades frente a la sexualidad o a la idea de tener familia.

¿Cuál sería la solución? Cambiar toda esta mentalidad tomará tiempo en cambiar, pero se pueden dar pasos importantes. Como señala Reaño, y vale la pena repetirlo, debemos librarnos de tabúes, reconocer que la sexualidad y la posible vida en pareja son partes de toda vida humana que debemos esperar y actuar adecuadamente, saber guiar (del mismo modo, debemos saber cuándo será el momento en que tales preguntas aparecerán). Del mismo modo, como lo indica Peirano, la clave se encuentra en resaltar esas otras sexualidades, en que no existe una sola forma de establecer tales relaciones y la perspectiva de quienes son considerados “diferentes” resulta imprescindible; dicha nueva perspectiva necesita existir en el mismo sistema educativo.

Esperamos que, en el futuro más cercano, podamos comentar con mucho más optimismo la realidad de la sexualidad y la vida en pareja de las personas autistas.

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